Para los toraja, una comunidad indígena en la isla de Célebes, en el este deIndonesia, los muertos son una parte constante de la vida diaria.

En la simple sala de la casa, cubierta con paneles de madera, sin muebles y con unas pocas fotografías en la pared, se escucha un parloteo y huele a café.

Es una reunión familiar íntima.

«¿Cómo está tu padre?», pregunta uno de los invitados al huésped. El ánimo cambia repentinamente.

Todas las miradas en el pequeño cuarto se dirigen hacia la esquina, donde un anciano está recostado en una cama colorida.

«Sigue enfermo», responde con calma su hija, Mamak Lisa.

Sonriendo, Mamak Lisa se levanta, camina hacia el anciano y lo sacude suavemente.

«Padre, tenemos visitas que vienen a verte. Espero que esto no te incomode o te enoje», le dice ella.

Luego me invita a conocer a Paulo Cirinda.

Miro hacia la cama. Cirinda está acostado completamente inmóvil, ni siquiera parpadea, aunque difícilmente puedo verle los ojos a través de sus lentes cubiertos de polvo.