En una muestra de la importancia que tienen los migrantes en este viaje, Francisco se reunió con un grupo de solicitantes de asilo en el Vaticano

El papa Francisco arribó a Chipre el jueves para llamar la atención sobre la suerte de los migrantes en las fronteras de Europa y la desconexión entre su llamado evangélico a los países para que los reciban e integren y los gobiernos de primera línea que tienen cada vez menos disposición o capacidad para dejarles entrar.

Chipre, una nación insular del Mediterráneo oriental, ha registrado un incremento tan grande en las llegadas de migrantes —que en los 10 primeros meses del año superaron en un 38% las del mismo periodo de 2020— que ha pedido a la Comisión Europea que le permita dejar de procesar sus solicitudes de asilo.

Se espera que Francisco aborde el tema de la inmigración —y de la división de Chipre desde hace casi medio siglo— a su llegada a la capital, Nicosia, el jueves en la primera escala de un viaje de cinco días. Además visitará Lesbos, donde en 2016 acaparó titulares al llevarse de vuelta a Italia con él a una docena de sirios que vivían en un campamento en la isla griega.

A su arribo, el papa recibió el saludo de la presidenta del Parlamento Annita Demetriou, la primera mujer que ocupa el puesto. Se detuvo a hablar con unos 30 niños católicos chipriotas con banderitas que flanqueaban la alfombra roja y cantaban “te amamos” y “bienvenido a Chipre”.

En una muestra de la importancia que tienen los migrantes en este viaje, Francisco se reunió con un grupo de solicitantes de asilo en el Vaticano y con otro cerca de aeropuerto de Roma antes de poner rumbo a Chipre. Según el Vaticano, algunos estaban en el grupo que regresó con él desde Lesbos hace cinco años.

El papa está organizando una operación similar para esta ocasión: en Chipre se han identificado unos 50 migrantes para su traslado a Italia, aunque no viajarán con el pontífice, sino que serán reubicados en las próximas semanas, explicaron las autoridades chipriotas. El Vaticano no descartó que en Lesbos pueda ocurrir lo mismo.

“Fue como un regalo’, dijo Malak Abo, uno de los sirios que fue a Italia con el papa en 2016. Ahora, Abo trabaja en un centro de donaciones gestionado por la ONG católica Sant’Egidio en Roma, que ayudó a facilitar su traslado entonces.

En Nicosia, Francisco se enfrentará de inmediato a la realidad de la división étnica de la isla, que también contribuye a avivar el flujo migratorio. El papa se alojará en la nunciatura del Vaticano, que está en la zona de exclusión controlada por Naciones Unidas que divide la isla entre el sur grecochipiorta y el norte turcochipriota.

Francisco ha hecho de la situación de los migrantes una de las señas de su papado. Su primer viaje oficial fuera de Roma fue a Lampedusa, la isla a la que suelen llegar los barcos que parten desde Libia. Desde entonces, ha rezado en la frontera entre Estados Unidos y México, visitó un campo de refugiados en Belén y se reunió con musulmanes rohinya que tuvieron que huir de Myanmar a Bangladesh.

En un mensaje antes esta semana con motivo del 70mo aniversario de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), el papa insistió en que los refugiados son personas que merecen dignidad y denunció la explotación de su desesperación, un mensaje que ha repetido en relación con la tensión en la frontera entre la Unión Europea y Bielorrusia.

“El debate sobre la migración no es realmente sobre los migrantes’, apuntó Francisco. “Es incluso más lamentable el hecho de que los migrantes sean empleados cada vez más como moneda de cambio, como peones en un tablero de ajedrez, víctimas de las rivalidades políticas’.

Francisco se reunirá también con líderes ortodoxos tanto en Chipre como en Grecia, además de con las pequeñas comunidades católicas de ambas naciones.

Los migrantes cameruneses Grace Enjei, de 24 años (derecha), y Daniel Ejuba, de 20, dentro de una tienda de lona azul instalada dentro de la zona de exclusión controlada por Naciones Unidas en Nicosia, la capital de Chipre, el 1 de diciembre de 2021.