Mi padre repasó, escapándosele una leve sonrisa, la imagen de su hijito primogénito exhibiendo un sombrerito de vaquero y un guillo en la muñeca izquierda. Otra, la de mi primer retrato, chiquitico, arrellenado en el piso con una latica de leche entre las piernas y mirando para arriba. Aquella, también, con un sombrerito de cana y pantaloncitos cortos apostado en un jardín de la residencia, allá, en La Cumbre, del capitán Bello, sanguinario ominoso y truculento por su extremada proeza, brutal y feraz, en la voladura de sesos, ejecutando, sin inmutarse, lo mismo que a un ladrón o a un desafecto del régimen con su arma propia de reglamento. De hecho, como fanático Trujillista, temido, sanguinario y repulsivo, a cualquier hombre mataba por un quítame esta paja.

Aún avizoro a mi padre con su rutilante hebilla, sus polainas amarillas, e imponentes botas de plomo pisoteando el asfalto que, lastimado por la luz, reverberaba. Quebrantado, además, por los pesados catareyes, camiones Mack, cargados de caña que circulaban frente a la fortaleza de La Cumbre.

—Mil cuatrocientos cuarenta y cuatro, guión, cero nueve —vociferaba el recluta, tomándole, a cada vehículo que pasaba, el número de la placa para controlar, cumpliendo órdenes del trujillato, las reducidas ánimas que al volante por el país se desplazaban.

Divagando a lontananza, el viejo militar mantuvo, firme, en sus manos los viejos retratos, como si retrocediera para reencontrarse conmigo en su regazo durante aquellos años primigenios.

—Los hijos que abandoné son los que me quieren —había dicho mi padre despidiéndose, en su última ronda, de mi madre, quien fuera a visitarlo a Bayaguana, destapándose el viejo con un bajo de llaga viva.

—¡No! ¡No me bese!

—No te preocupe Bertilio, que tu enfermedad no se pega —le respondió mi madre, contemplando de sesgo, triste y destrozada, el pelaje de lo que había sido aquella piel rozagante y que ahora, como a un tronco seco, la lluvia y el moho mondan levantándole la cáscara.

Mi padre me habló cuando era un pino nuevo en la bebedera, señalándome la noche en que los vómitos le traspasaron los límites de las orejas, revolviéndole el aguardiente las tripas y desembuchando longanizas y plátanos fritos por los cuatro puntos cardinales de la vivienda, allí, en La Cumbre, interpelando, desbarajustado, a mi madre.

—¿Qué lo qué Secundina? ¿Qué lo qué Secundina?

También repasó el episodio del puñado de maní contaminado que a mí me intoxicara, el mismo día que de un jeep se despeñara, embriagado, y mi progenitora se aprestaba a celebrar el primero de mis años. De las filosas tres papeletas, abriéndome rozaduras en las manos y que yo en el aire atrapara, tirándome por una barranca, del bojote que Petán Trujillo, de visita en Piedra Blanca, desde su jeep arrojaba. O el sumo testimonio escolar de ocio y algarabía que las autoridades de la gloriosa Era anualmente oficiaban a la población estudiantil del país, consagrada al régimen trujillista.

 El día del niño, el día del niño

sólo es para jugar, y los maestros

y los maestros, no nos deben castigar.

Trompos, pelotas y bates, todos debemos esperar

que de seguro nos los trae el Teniente General.

Chillábamos indistintamente los chicuelos, tropezando entre sí en el tumulto con las manos pegajosas de chupetas y caramelos, la ropita embarrada de refrescos, y uno que otro berrinche en el momento que dábamos de bruces o un taco de zapato ocasionaba una dura pisada sobre los pies descalzos de algunos chiquilluelos. Pasatiempo que Don Aulio Montero, director y profesor de la escuelita primaria,  había en la víspera pregonado, pitando, como una locomotora, las eses, y agitando un cheque con una mano, impreso y otorgado para pitillos y golosinas por una máquina despepitadora, licenciosa, compulsiva hasta el delirio cuando de carne se trataba: Petán Trujillo, cuya gesta desfondadora, como teniente general, en el tálamo de sus estancias privadas, quedaría atestiguada en la pieza de un pegajoso merengue, remate de sus gatitas tiernas que, ya piltrafas, repartía a sus guardias con to y hueso. 

Yo iba pa La Vega y pasé por Bonao

a mí me dieron agua en un jarro pichao

pichao, pichao, el jarro está pichao. 

¡Aaah!, las resacas, trastabillando las canillas, de mi profesor, dicharachero, Don Montero, quien de las juergas, parrandas, verbenas, banquetes, bacanales y convites pueblerinos disfrutaba como acólito obligado del cacique.

—¡Se acabó cuaba, Pablito! ¡A que tú no haces así! —repetía y repetía, retorciendo detrás de su espalda la mano derecha, dándole vuelta la testera, y comprobando así que la tierra, pisada con tanta jactancia por el Teniente General, era verdaderamente redonda y que algún día sería, miserablemente, su techo, ya muerto, desterrado.

No lo dejen entrai, no lo dejen entrai

no lo dejen entrai, que no, que no lo dejen entrai.

dicen los petanes, Negro, Ramfi y Radamé

esa gente son dei diablo familia de Lucifé.

no lo dejen entrai, no lo dejen entrai

no lo dejen entrai, que no, que no lo dejen entrai. 

De nuestro vecino y pulpero Don Ruperto, con un pedazo de andullo pegándoselo en el pescuezo a Rogelito, el carnicero, conminándolo a que le pagara la cuenta atrasada por las mercaderías que había cogido a crédito. La discusión tenaz entre Don Ruperto, hombre de poca letra, y su hijo Tomasito, quien, cansado de trabajar para su  padre en el conuco, sin remuneración justa, un mal día le dijo:

—¡Liquídeme, papá!

—¿Cómo? ¿Qué te mate? —sacándole, vacíao, un machete.

Del día que amanecí en Las Uvas con difteria, y la paradoja, que también a San Agustín preocupaba, del pecado original y la región para las inocentes criaturas cuando mueran. La noche de mi ocurrencia, cuando un locutor anunciaba, a través del armatoste radio Phillips, una nueva formación castrense en el Cibao: los Cocuyos de la Cordillera Central, ejército privado de Petán Trujillo.

—¡Cocuyos, papá!, ¡cocuyos, papá! —dije, bullicioso, mirando, por una ventana, el firmamento abigarrado de estrellas